Una nueva caza de brujas planea sobre la industria del cine. La acusación de agresión sexual se ha convertido en la tumba profesional de muchos de los santones venerados y premiados por crítica y público. Ayer, ídolos de masas, hoy saben ya que sus carreras han concluido y que la misma industria que los encumbró un día se encargará de no permitir el recuerdo de su obra. El último caído es Allen.

La misma progresía que miraba para otro lado cuando saltaban a los titulares los escándalos de su vida, hoy se arma de cascotes para participar en la lapidación. Es la hipocresía de los mundos de cartón piedra, de los mass media, de la farándula metida a moralista. Allen es el más sobresaliente. No es el primero ni será el último. Y el hecho de ser culpable de los abominables crímenes de los que se le acusa no hace mejores a los que ayer aplaudían y a los que hizo crecer como actores y actrices. El asco que produce la agresión sexual, el abuso de poder o la violación de mujeres, hombres y niños queda en pañales ante la hipocresía de los que hoy acusan y ayer consintieron, miraron para otro lado, no dieron crédito a las mismas víctimas a las que hoy consuelan.

Los que hoy se ruborizan y prometen no volver a tocar una cinta de Allen o pronunciar siquiera su nombre, ayer hubiesen matado a su propia madre por obtener un papelito en la peor de sus películas. Viven su momento de gloria al dirigirse a un micrófono y lanzar su alegato a favor de esta última causa, no porque crean en ella, no porque no hayan contribuido mucho a seguir la farsa, sino porque necesitan, en su mediocridad sin límites, seguir viviendo de un tercero.

 

El director de Manhattan es el protagonista de uno de esos programas magistrales con los que nos obsequia el profesor Domingo González, en esta ocasión arropado por Jorge Sánchez de Castro y por el músico y montador de cine, Jorge Martín. Su genialidad no está reñida con sus avatares vitales y convienen no confundir una con otros. Que lo disfruten.

 

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