El 11 de septiembre se ha convertido en un sumidero de la atención cabalística, en el vórtice del mes noveno, en una suerte de centro de la diana para los acontecimientos mundiales. Todo parece querer suceder el 11 de septiembre. El 11 de septiembre podría suministrar datos e historias a todos los demás días del mes de septiembre. Ni el 10 ni el 12; el 11 de septiembre es el día. 

Hace 45 años, en Chile, un golpe de Estado militar derrocaba al presidente Salvador Allende. Hoy, el mundo llora su muerte pero, en su día, los chilenos se alegraron de que el peor presidente de la historia del país fuese depuesto por la inteligencia militar. El gobierno de Augusto Pinochet, con sus luces y sus sombras, llevó la prosperidad al país andino y la paz a sus ciudadanos. Si algo no perdonará nunca un demócrata es que un uniformado pueda hacerlo mejor que un doctor en medicina. Así que hoy se llora al presidente que arruinó Chile y llevó la miseria a las casas más humildes y se vilipendia al hombre que arrancó el hambre de sus mesas y pateó fuerte al comunismo sudamericano. Pero si el elogio viene de bocas como las de Fidel Castro, Nicolás Maduro, Lula Da Silva o Cristina de Kirtchner siempre es preferible el improperio.

Salvador Allende y Fidel Castro

Otro 11 de septiembre, de hace tan solo 17 años, conocimos por primera vez la eficacia de lo que los estrategas llaman “guerra asimétrica” y que de un modo más sencillo podríamos llamar terrorismo yihadista, islámico o islamista. Mohammed Atta capitaneó la acción más audaz y suicida que se haya llevado nunca a cabo y, nada menos, que contra la primera potencia mundial militar y económica: EEUU. Quien tuviese edad y uso de razón aquél día de 2001 recordará de por vida haber pasado horas delante del televisor esperando un dato más, una imagen nueva, un nuevo balance de muertos. No colapsaron simplemente las Torres Gemelas. Colapsó USA y se paralizó el resto del mundo. Nunca un hecho humano ha sido tan visionado por tanta gente; nunca nada ha generado tantas columnas de opinión, tantos libros contando teorías nuevas o historias personales de los afectados. Después de aquello, el mundo contuvo la respiración hasta la noticia de la muerte de Ossama Bin Laden. No supimos quién era este hombre de aspecto santurrón hasta entonces. No supimos el significado de Al Qaeda hasta ese día. Desde entonces, miles de lobos solitarios, de asesinatos bajo el epígrafe sonoro de Ala Akhbar. Después de aquello, los maestros de la puesta en escena nos convencieron de que los verdugos iban siempre de negro riguroso y en mono naranja  los decapitados, quemados, fusilados o lanzados al abismo.

Estatua de la Libertad y el Trade World Center antes del 11S de 2001

Y, finalmente, el 11 de septiembre nacional, la Diada, el engendro nacionalista, la fiesta del regionalismo catalán convertida en akelarre del separatismo español. Sí, español. A la sombra de la Constitución del 78, los Estatutos de Autonomía han parido una suerte de negocio rentabilísimo llamado independentismo. No busquen más allá que no hay nada. No hay historia propia o separada; no hay invasión, colonización ni imperialismo; no hay esclavitud, muertos ni represaliados. Por más épica que quieran echarle sus líderes lo único que puede encontrarse es lírica. Sorprende la estupidez del nacionalista convencido, del hombre de a pie nacionalista, del voluntario para eso de los lazos y las cruces amarillas. Para él no habrá nada del pastel que se reparte desde la Generalidad. No “pillará” como los Pujol, Mas o Puigdemont, no tendrá ventajas en un improbable País Catalán. Aún así, 40 años de desamortización de las inteligencias han dado un resultado impresionante.

Jordi Pujol y José María Aznar. De aquellas gracias…

El desastre nacionalista es el desastre nacional. En esta película de terror, los independentistas no están solos. Van de la mano de los sucesivos gobiernos españoles desde la odiosa Transición. Izquierdas y derechas se han mostrado más enemigas de España que nunca. Ellas son las verdaderas culpables de los males que cercan a la nación más antigua de la tierra. Izquierdas y derechas ocupadas en disputarse el gobierno, aunque se trate del gobierno de nada. España, dañada, nunca rota, las supervivirá. Dará, después de ellas, la última bocanada de aire de la Historia. Libre de su parasitaria presencia se sacudirá el yugo de los días vórtices como este 11 de septiembre y alentará el amanecer de una verdadera patria de hombres libres, ella misma, lo que siempre ha sido aunque hoy nos parezca un sueño.

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