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Tren Articulado Ligero Goicoechea Oriol, popularmente “el Talgo”, es sin duda uno de esos ejemplos que ilustran a la perfección la altura inconmensurable de la ingeniería española. Con frecuencia pensamos que España ha dado muchos y grandes pensadores y hombres de letras a la Historia, muchos hombres de armas y solo un pequeño puñado de ilustres hombres de ciencia. Pero el campo de la ingeniería, la ciencia eficazmente aplicada a la vida diaria, es un vivero de nombres propios en el que ha sobresalido, en el siglo pasado, Alejandro Goicoechea.

Pero para que las grandes ideas lleguen a modificar nuestro mundo necesitan forzosamente del capital inversor, la gasolina que pone en marcha los ingenios más audaces. Encontrar al inversor que entienda la idea y quiera llevarla a término, apostando su fortuna en la quimera de unos planos y unos cuadernos de cálculos puede convertirse en empresa más complicada que el propio proyecto a desarrollar. Goicoechea encontró a su inversor en la persona de José Luis Oriol. De la unión de ambos nació un concepto de trenes que los estadounidenses hubiesen querido inventar para sí. 

En el programa de hoy, Fran Blanco Argibay y Pedro Ángel López cuentan con el testimonio de un hombre de la casa Talgo: José Luis López Gómez, ingeniero y autor de numerosas patentes.

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