La ciencia ficción es uno de los argumentos esenciales en las novelas o en las películas del género. Los guionistas desean vivir eternamente e imaginan que el futuro será como ellos lo fabrican en una cabeza caliente acompañada de unos pies fríos. Ninguno acierta ni acertará nunca, porque el futuro solamente lo conoce Dios Padre.

La Palabra de Dios de este domingo nos transmite estas enseñanzas:

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1.- El profeta Daniel  narra, con el lenguaje propio llamado apocalíptico, cómo puede ser el fin del mundo, la resurrección de los muertos y el juicio final. Es una manera literaria bíblicamente hablando de indicarnos que no somos eternos, que somos pasajeros y transeúntes y que debemos estar preparados porque no sabemos ni el día, ni la hora, ni el modo, ni el  lugar.

Esta lectura del profeta se ha prestado a que se escriban mamotretos muy gordos en torno a cómo el pueblo israelita veía la llegada del fin del mundo.

Durante los años del Holocausto hubo una línea de pensamiento judío muy importante apoyada en que aquellos horrendos hechos eran el final de la Creación.

No fue así. El error debilitó la fe de muchas personas. Hoy lo vemos con más calma y la necesaria perspectiva histórica.

2.- La carta a los Hebreos vuelve a recordarnos que el Sacrificio de Cristo en la Cruz, muriendo en ella por todos los pecados del mundo, es el único y definitivo modo de la salvación de todo el género humano para siempre jamás.

Esta esencial verdad de nuestra fe debe asegurarnos y confirmarnos en que estamos salvados gracias a la entrega generosa del Hijo de Dios en su Misterio Pascual. Dudar de este gran misterio, lleva a la gente a la depresión mental y espiritual.

3.- San Marcos en su evangelio recoge la tradición del lenguaje apocalíptico que corría de boca en boca en el pueblo israelita. Aporta la señal  agrícola de la higuera cuando echa las yemas. Y apunta que la segunda venida del Mesías a juzgar a vivos y muertos será pronto, pero al final concluye con una verdad como una catedral:

“En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre”.

Por lo tanto, debemos rechazar de nuestro corazón la inestabilidad que supone estar pendiente de un fin del mundo que llegará, pero que no sabemos cuándo. Es mejor vivir cada día como si fuera el primero de nuestra vida, y cuando anochece es conveniente rezar para que cuando el Señor nos llame a su encuentro tengamos las manos llenas de obras de amor a Dios y a los hermanos.

En consecuencia, vivamos el afán de cada día, y dejemos que el futuro lo escriba Dios.

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