Hola. Mi nombre es Raúl Estefanía Xacón y ejerzo una de esas nuevas profesiones tan en boga y que tanto fraude concita entorno a sus profesionales: La asesoría personal o “coaching“. Pueden decirme motivador, pueden llamarme consejero, pueden llamarme, incluso, guía espiritual, si quieren. Lo que no les consiento de ninguna de las maneras es que me llamen “coach“. El término “coaching” genera tantas dudas como incorrecciones. Nadie sabe definir lo que es un “coach”, a qué se dedica o qué estudios tiene que seguir alguien que quiera dedicarse al “coaching“, convertirse en el melenudo simpático de gafas redondas que imparte conocimientos acertadísimos en un seminario de empresarios. Y, si usted, empresario o particular, no sabe lo que es un “coach” ¿cómo puede saber que necesita uno?

Mis clientes -sí, son clientes, nunca pacientes- me contratan para salvar algún escollo o dificultad en su momento presente. Evidentemente, patologías aparte, ninguno estaría dispuesto a afirmar que se encuentra en mi despacho por culpa de su “enfermedad”. No hay enfermedad, no hay pacientes. Es así de sencillo. 

Desde la experiencia que me dan mis 20 años de ejercicio profesional, la razón por la que creo que mis clientes buscan mis servicios y no los de un psicólogo es porque yo, como consejero, asesor o guía, soluciono sus problemas efectivamente. Quiero decir que no queda duda de que el problema ha quedado zanjado. Quienes previamente recurrieron a un psicólogo cometieron dos errores graves desde mi punto de vista: primero, suponer que el problema era intrínsecamente suyo y, por lo tanto, no ponerse nunca en el supuesto de considerarse simplemente espectadores de un suceso, más o menos complejo, que les tiene atrapados dentro de su acción espacio-temporal. Segundo, suponer que cuentan, en su interior o en su círculo más cercano, con las herramientas necesarias para poder poner solución a alguno de los muchos problemas que requieren la presencia de un profesional competente en el ámbito de la asesoría.

Podremos ver, en lo sucesivo, la naturaleza del problema, en qué punto concreto comienza a gestarse -asunto éste de vital importancia para poder determinar en qué punto y con qué intensidad aplicamos el remedio para subsanar el error que se haya podido cometer- y la intensidad y dirección de su vector actuante. Tengan en cuenta, por ejemplo y en relación a esto último, que la forma de solucionar conflictos unas veces puede ser actuando sobre ellos de forma directa, otras de manera diferida y, en ocasiones, lo más recomendable es no actuar en absoluto. 

Bien, dirán, pero ¿qué tiene que ver todo esto con el título de este artículo? Bueno, es casi una declaración de intenciones y una manera de presentarme de cara a lo que tendrá que venir después de este primer artículo. Créanme si les digo que nunca me había enfrentado a escribir una serie de artículos en los que tuviese que volcar mi experiencia profesional sobre ciertos asuntos, como pretendo hacer ahora. Pero fue en la sobremesas de una agradable comida con uno de los socios de esta firma cuando surgió como tema de conversación un reciente estudio sobre hombres y mujeres. Y esta conversación suscitó la idea por parte de mi amigo de que pusiese por escrito algunas conclusiones que le había transmitido allí. 

Acababa de dimitir otro ministro. Iban dos en menos de cien días. Todo un record. Dimitía por algo tan tonto como haber ocultado al presidente, amigo íntimo hasta entonces, que había fusilado, copiado, el trabajo de una catedrática en su trabajo de fin de máster. Por cierto, máster de la Universidad Rey Juan Carlos. Unas horas más tarde, el que se pringaba con la publicación de su tesis doctoral era el mismísimo presidente del Gobierno de la nación.

Mientras charlábamos, mi amigo consultaba su perfil en Twitter y se sorprendía y admiraba con las sandeces que la ya ex ministra había sostenido durante tanto tiempo como propias y que muy bien podían ser de cualquier otro. Afirmaciones como que la mujer era una esclava del patriarcado que la ataba a la familia y la obligaba a tener hijos, de tal manera que la maternidad se convertía en el instrumento del patriarcado para someter a la mujer y, la familia, en la institución penitenciaria para ellas. El trabajo de investigación lo avalaba un instituto adscrito a la URJC, conocida por todos por regalar títulos a políticos y, por tanto, por dejar sin efecto y valor alguno los títulos que haya podido otorgar en todos sus años de funcionamiento, a Dios gracias no tantos. 

Las universidades acrisolan su prestigio en función de la investigación que amparan. Investigar y publicar, convertir lo investigado en patentes que cambien el mundo o en premios que reconozcan el valor de lo investigado o descubierto. El prestigio va ligado al interés de los nuevos alumnos por formar parte de una institución docente que sabe exprimir de los cerebros de profesores y alumnos el conocimiento y la ciencia que construirán el mundo futuro. Y bla, bla, bla al largo plazo.

Si ustedes fuesen los rectores de una nueva universidad (en un lugar plagado de universidades y en el que, honestamente, salen más licenciados de los que la sociedad requiere y peor formados de lo que la sociedad requiere) y tuviesen que hacer caja y rendir a su patronato y accionistas cuentas de la gestión realizada, igual también buscaban el atajo de regalar másteres y doctorados para luego poder decir que fulano, ministro de tal, o mengano, presidente del Gobierno, o zutano, empresario de éxito o presidente de una comunidad autónoma, han elegido sus aulas para formarse y llegar a ser los tipos de éxito en los que se convirtieron después.

Es deshonesto, lo admito, pero me parece indicado. Si usted, rector de la URJC, hubiese sido mi cliente entonces le hubiese recomendado que buscase a la futura presidenta de la CAM y la ofreciese, con todo tipo de facilidades, cursar un máster ad hoc en su universidad. Corromper de esta manera a un político puede ser más efectiva que hacerlo con divisas porque, de descubrirse el pastel, la vergüenza es enfrentarse a la opinión pública convertido en un imbécil incapaz de sacar un título, necesitado de la ayuda política del rector de turno para adornar su currículo. Hoy sabemos que la ex presidenta de la CAM no está sola en esta aventura y que buena parte del hemiciclo del Congreso de los Diputados trata de encontrar palabras bonitas que ajusten sus hojas académicas al gusto de los periodistas.

Pero una vez que se ha escogido el camino del atajo no caben pasos en falso ni marcha atrás: hay que continuar la farsa hasta donde nos lleve. Siempre he creído que, en este punto del dilema, uno cree que, muy pronto, el camino del bien y el camino del mal se cruzarán en algún punto y nadie notará la diferencia. Por eso uno se aventura a tomar el que cree que es un atajo a sabiendas de que es el camino del mal. La realidad es que el camino del bien y el del mal discurren por sendas paralelas que pueden llegar a estar muy próximas, hasta el punto de poder dar la mano a los que caminan por el camino antagónico al nuestro, pero que nunca se cortan. 

Ahora, una vez montado el chiringuito por el que nuestra universidad va a empezar a repartir títulos a gente importante de la política hay que empezar a fabricar ensayos, tesis y lineas de investigación para hacer creíble la farsa. En esta carrera por vestir el muñeco puede suceder, incluso, que los directores de las tesis formen parte de los tribunales encargados de evaluarlas. Así, trabajos carentes de investigación o con nulo interés para rama alguna de la ciencia pasan a engrosar el número de cum laudes. ¿De verdad alguien en su sano juicio pretendía competir con esta mierda con Yale, Oxford o Cambridge? Sinceramente, no lo creo. Creo que nunca estuvo en su lista de intereses competir en prestigio con ninguna de ellas, y eso que, excelencia e innovación, suelen ser palabras que se repiten en todos sus documentos oficiales. Desde el principio, fueron concebidas como chiringuitos de poder, nada más que eso. Lo lamento por los miles de alumnos que en alguna ocasión creyeron que se prestigiarían sus carreras si sacaban un doctorado en alguna de estas “universidades tinglado”.

Entre esos trabajos universitarios, de los que no se libra ningún partido político (repito: ninguno), estaba uno de la señora ex ministra Montón, punto de partida de esta disertación sobre las universidades. Montón, como casi todas las grande y renombradas feministas de última hornada es absolutamente desconocida para el mundillo académico. Sus opiniones son consideradas no desde el momento de convertirse en ministra del Gobierno de Pedro Sánchez, que ya sería tarde pero que es lo habitual, sino desde el momento de destaparse que copiaba como una loca y que su trabajo para la Rey Juan Carlos es un mero plagio. Además, si tu intención es plagiar cualquier artículo, ya sea para el top manta, la Rey Juan Carlos o el futuro transbordador espacial que va a construir tu Ministerio de Astronáutica, más vale que lo plagiado cuente con alguna garantía de éxito, aceptación o verosimilitud. 

En el caso del trabajo de la ex ministra contaba con las dos primeras premisas: éxito y aceptación. Las tesis feministas en relación con el heteropatriarcado han cosechado el éxito tras la campaña masiva en medios acometida desde hace unos años. No hay serie, película, programa de televisión o de radio, artículo periodístico o panfleto informativo o publicitario que no haya hecho suyas las tesis defendidas por el ultrafeminismo autodestructivo. Esta propaganda masiva ha dado como resultado una aceptación en todos los ámbitos sociales y en cualquier colectivo al que nos refiramos. Por tanto, la ministra jugaba sobre seguro presentando el plagio en el terreno feminista. De haberlo hecho sosteniendo argumentos en contra su plagio hubiese dado la cara mucho antes y, desde luego, seguramente no la hubiese puesto en linea de salida para conseguir la cartera ministerial (ningún mérito más se adjunta que el hecho de ser feminista. Esto es suficiente para sentarse en el Consejo de ministros).

El asunto del heteropatriarcado no tiene solución ni alternativa desde un punto de vista racional. Desde un punto de vista feminista tiene solución y alternativa: el machismo. El machismo puro, duro y sin concesiones, en el que las feministas de Femen o de cualquier otro grupo de estos ejercen el rol de rameras, concubinas, maestras de ceremonias para el gran macho, el gran cabrón. Esto está en la cabeza de todas ellas, en la cabeza de los demonios varones que han pergeñado sus asociaciones y movimientos y que serán los grandes beneficiados el día que sus tesis triunfen. De momento, es ya una gran victoria que el presidente del Gobierno español se declare feminista y declare feminista a su Gobierno. 

Y aquí lo voy a dejar esta semana.

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