Fecha de vuelta de muchos a sus casas para trabajar mañana lunes. En algunos rincones españoles, por ejemplo, por el Levante, mañana es fiesta aún, y se apura la colilla lo mejor que se puede para evitar tropezones vitales en las carreteras.

La Palabra de Dios de este domingo nos invita a tres actitudes esenciales:

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1.- Cristo ha cumplido su palabra: ha resucitado de entre los muertos para nunca más morir. La Resurrección del Señor se convierte en el misterio esencial de nuestra fe católica, porque ya los cristianos no creemos en un muerto fracasado sacrificado en la cruz, sino en un Señor victorioso del pecado y de la muerte, que nos da la vida y nos abre las puertas de la gloria para todos los demás.

Por lo tanto, ante la realidad de Cristo resucitado cabe en nuestras personas agradecerle el gran regalo de la Vida con mayúscula, la vida de la gracia, la vida del amor, la vida de la paz y la vida que transmite vida en todas las relaciones humanas.

2.- La victoria de Cristo resucitado nos lleva, inevitablemente, a  la alegría de la convivencia personal con Él y con los hermanos cristianos con quienes hayamos celebrado el Triduo Pascual en estos días, que ahora nos abren a la cincuentena pascual, donde podremos acompañar en esa alegría a todos los miembros de nuestras familias y amigos.

Por lo tanto, desde hoy no valen caras largas y tristes, ya no valen amarguras inventadas, ya no valen depresiones reales o simuladas.

Ahora debemos mirar a Cristo resucitado que nos dice: Alegraos, no soy un muerto, sino un Vivo que estoy dando gratis vida a todos los seres humanos de buena voluntad.

3.- A partir de hoy podremos acompañar a los niños en su primera comunión, sabiendo distinguir la paja del grano, no dejando que sea una fiesta de índole social y derrochona, sino el momento en que unas almas inocentes comerán el Cuerpo de Cristo como alimento de su fe, esperanza y caridad.

El papel responsable de los padres y catequistas es el garante de que el verdadero sentido de la primera comunión no la tire por los suelos una sociedad pagana y consumista, que ha llegado hasta apoderarse del sacramento de la Eucaristía.

Por lo tanto, tenemos por delante un gran abanico de responsabilidades, cada uno en su lugar, pero todos responsablemente unidos buscando el mismo fin: no engañar a los niños.

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