Buena parte de la población española está de puente en este fin de semana largo, que se prolonga en el tiempo hasta el paso al mes de mayo. La Palabra de Dios de este domingo de la quinta semana de Pascua nos presenta las siguientes enseñanzas:

1.- Una vez que Pablo se convirtió al cristianismo acude a Jerusalén y lo miran con recelo, tanto sus viejos conocidos, como los nuevos que no se fían de uno que había contribuido a la muerte de Esteban, el primer mártir de la naciente Iglesia Católica.

Los apóstoles aprenden ya la diplomacia que será una señal esencial de la Iglesia a lo largo de su historia. Invitan a Pablo a marcharse a Cesarea y de allí hasta Tarso, ciudad donde Pablo será muy conocido y apreciado.

Desde entonces se le conocerá como Pablo de Tarso.

Cuando alguien hoy, entre nosotros, vemos que se convierte al Señor dejando su vieja vida de pecado, existen espectadores que no se creen ese cambio y murmuran sobre las intenciones que puedan esconderse tras ella.

El caso de san Pablo nos sirve para ver que toda maquinación, es destruida por la Iglesia, llevándose al personaje protagonista a otra ciudad. Es la habilidad de la diplomacia buena.

2.- La segunda lectura de este quinto domingo de Pascua nos invita a que amemos de corazón a Dios y a los hermanos, con obras y palabras. Es muy fácil amar de palabra. Es habitual engañar a los demás.

Pero cuando el Señor es quien nos mira, nos exige que amemos con palabras y obras, ya que además una fe sin obras, es una fe muerta.

En esto conocerán, además, que somos discípulos del Señor: si amamos a Dios sobre todas las cosas y a los hermanos como a nosotros mismos.

3.- En el evangelio vemos al Señor que se titula como la vid y que su Padre es el dueño de la viña. Utilizando el lenguaje campesino de la vid y los sarmientos, el Señor nos enseña en esta Pascua que debemos estar unidos a Él, porque solamente un sarmiento tiene vida si está unido a la cepa.

Los sarmientos cortados con la poda natural se echan al fuego y arden. Sin embargo, unidos al tronco de la vida siempre tendremos vida propia compartida con los hermanos.

A lo largo de la historia eclesial han existidos personas que creen que pueden ser buenos cristianos viviendo al margen de la Iglesia. De un modo individual la vida cristiana es imposible y, además, es un suicidio espiritual de primera magnitud.

En familia, en comunidad eclesial, podremos vivir como buenos hijos de Dios. Pretender hacerlo individualistamente supone un gran egoísmo y soberbia, impropias de un buen hijo de Dios.

La felicidad compartida en la comunidad eclesial no tiene precio. Solamente tiene un pago ahora y en la vida eterna.

Leave a Reply