La gente de nuestros días contrata pólizas de seguridad, alarmas, seguros de vida, convenios compartidos con la plena confianza en todo y en los máximos extremos posibles. Llega una riada, un terremoto u otro elemento singular y se va todo a freír espárragos.

La plena seguridad no existe porque nadie sabe cuándo va a llegar el fin del mundo, que habitamos y conocemos.

Hoy la  Palabra de Dios en el inicio del tiempo de Adviento nos hace las siguientes advertencias:

1.- El profeta Isaías nos dice que hasta Jerusalén llegarán pueblos numerosos, que caminarán juntos entre alegrías y canto, pues se acerca el nacimiento del Señor, que será el árbitro de las naciones y el pastor que reunirá a todos los pueblos bajo su único cayado.

La paz será una señal distintiva del pueblo de Dios y se acabarán todo tipo de enfrentamientos entre los diversos iguales que harán el camino hasta Jerusalén, la ciudad del Señor.

Pero el hecho es que llegó la primera venida y Jesús y todo permaneció igual: las guerras, las revoluciones y las muertes no cesaron. En esta fechas estamos  muy cerca de vivir una revolución en España que no sabemos si será o no violenta o de terciopelo.

Pero el futuro de estas semanas no es tan de rosa como lo pintan.

2.- La segunda lectura nos invita a colocarnos también las armas necesarias pues no sabemos lo que nos esperan, aunque esperemos que sean días normales y de paz y el cambio que se avecina sea sereno y tranquilo, sin que se derrame una sola gota de sangre, aunque las verdades que corren son más negras que el tizón.

Fechas, son estas, que despiertos podremos dar la cara a lo que venga, sin tener que ponernos de rodillas ante un frente popular compuesto por casi veinte partidos políticos, algo que nunca ha ocurrido en los últimos cuarenta años de nuestra historia.

El Señor nos conceda calma para asumir lo que llegue.

3.- El evangelio de San Mateo nos tiende un panorama tampoco idílico. Nos conduce al final del mundo que serán tiempos muy parecidos a los presentes, cuando el mal humor, el miedo, la angustia y la desesperación lleve a las gentes a perder el sentido común, que siempre suele ser el más común de los sentidos.

Sea como fuere no viene mal que recemos por la paz en España, por su estabilidad social y política y se abran los ojos de los que creen que se puede sostener un gobierno amparado por todos los enemigos de la unidad española que es un bien moral.

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