Domingo de la decimocuarta semana del Tiempo Ordinario. Lenta e inexorablemente nos metemos en el mes de julio. El calor está llamando a las puertas de quienes no han podido escaparse algunos días de descanso a cualquier lugar. La Palabra de Dios vuelve a salir a nuestro encuentro en este domingo.

Las enseñanzas que nos transmite son las siguientes:

1.- El profeta Ezequiel desea dejar muy claro que él actúa en el nombre del Señor y que habla claro a los hijos del pueblo de Israel, que olvidan su alianza de amistad con el Señor.
El profeta Ezequiel hace una demostración de fuerza de su misión profética y emite un juicio que dará mucho que hablar durante largos siglos:
El pueblo de Israel tiene “una dura cerviz”.
Es duro de mollera, es propuesto como lo que en español decimos:
“Cabeza dura”.
La cabeza dura es propia de gentes soberbias e intransigentes con los demás.
2.- El apóstol san Pablo nos cuenta en la segunda carta a los Corintios que padece un aguijón que lo abofetea, para que no se engría y se crea lo que no es.
A pesar de este padecimiento el apóstol afirma:
“Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.”
¿Qué cristiano ve hoy las calamidades personales como una escalera de santidad?.
Ciertamente pocos. Porque nadie desea y tiene miedo al padecimiento, aunque sea por nuestra propia salvación.
3.- En el evangelio de hoy los paisanos de Jesús no entienden cómo es tan inteligente por sus doctrinas y milagros. Desean encasillarlo dentro de la pura humanidad y vecindad que es como ellos lo conocen. Y se equivocan.
El Señor pronuncia otra frase histórica:
“No desprecian a un profeta, nada más que en su propia tierra.”
Los católicos no somos admitidos bien en todas partes. Nuestra Religión es motivo de persecución y muerte desde la época de la primitiva Iglesia en Jerusalén y Roma. Y hasta hoy no somos bien vistos, ni admitidos, ni respetados en nuestra libertad y en nuestros derechos. Nuestros perseguidores son la causa de nuestra salvación. Recemos por ellos.

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