Hace pocos días un encantador de serpientes ha afirmado que la alimentación, cuando se compra en el supermercado, no es propiedad privada, sino que sigue siendo pública y del dominio del resto de gente. Claro esto ocurre en un régimen comunista. Y tampoco. Basta ver el drama del pueblo venezolano muriendo de hambre, donde solamente comen los plutócratas del sistema chavista.

La Palabra de Dios de este domingo nos trae los siguientes mensajes:

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1.- En la primera lectura encontramos al pueblo de Israel, recién llegado a la tierra prometida de Canaán, donde acampan en un lugar y toman los  frutos de aquel lugar para alimentarse. Hacen lo natural cuando se invade un territorio: comer de lo que allí se cría.

Hoy nos invaden con ideologías estrafalarias que nos comen el coco a nosotros, y algunos pardillos caen en el garlito de tragarse ese menú averiado y aderezado de ideas muy lejanas del pensamiento de la doctrina social de la Iglesia.

Sepamos distinguir la paja del grano y podremos vivir y pensar con libertad de espíritu.

2.- San Pablo en la carta a los Corintios nos recuerda el hondo sentido del Misterio salvador de Cristo, mediante el cual Dios nos reconcilió con nosotros y con Él. De este modo el hombre nuevo que surge en nuestra vida debe huir del pecado y vivir siempre en Gracia de Dios.

La libertad de espíritu de la primera lectura la necesitamos, ahora y siempre, en los momentos en los que tenemos que rechazar las tentaciones del maligno y vivir en la plenitud de la amistad con Dios y los hermanos.

Conviene no imitar al hijo pródigo del evangelio de hoy.

3.- La famosa parábola del hijo pródigo vuelve a nuestra contemplación para que aprendamos a no creernos unos autosuficientes y soberbios imbéciles capaces de vivir al margen de Dios. Nunca podemos hacerlo. La prueba la tenemos en el hijo que sale de su casa y se gasta todo.

Tampoco, debemos ser como el hermano mayor, quien creyéndose muy «perfecto» no admite al pecador hermano de sangre a su lado.

El único que tiene un papel esencial es el padre, quien perdona al que vuelve arrepentido y reprende al envidioso del otro hermano.

La Cuaresma es un tiempo de gracia y perdón, es un momento para acudir a confesar nuestros pecados dentro del sacramento de la Penitencia, donde volvemos a recibir el abrazo del perdón de Dios, por muy pecadores que seamos, siempre la misericordia de Dios es infinita.

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