Cake

La mente de Cake Minuesa es un hervidero de conexiones, no todas excesivamente cuerdas. Quienes nos preciamos de conocer al hombre que está detrás del personaje tenemos que admitir -las más de las veces- que no hay límite entre uno y otro y que ambos se confunden en una misma realidad sin trampa ni cartón. Tal vez el único límite sea el impuesto por el nombre artístico “Cake al ataque”, una especie de declaración de intenciones sugerida por la mano de Intereconomía que quiso ver en él el alter ego de esa mosca cojonera que ya empezaba a despuntar en los programas de Buenafuente y que respondía al sobrenombre de “el follonero”. Tal vez éste fue un punto de inflexión en su carrera. Pero Cake llevaba pidiendo pista mucho tiempo.

Cake es un hombre valiente. Y no decimos esto a la vista de los vídeos en los que se enfrenta a pecho descubierto a la patulea etarra y separatista. Esto puede verlo cualquiera. Alguno dirá que no se juega el tipo porque hay un cámara con él y que el respeto a la cámara hace que el terrorista medio se corte un pelo. Pero Cake no hace directos, no hay una conexión a la vista de toda España. Es un vídeo. Puedes pegar un golpe al cámara, quitarle la cinta de la grabación y arruinar el trabajo. Puedes machacar la cámara entera, la 360 y reventar sus móviles para que no quede constancia de tu delito. Pero cuando eres una rata abertzale y ves venir a Cake, con todos sus atributos y a pecho descubierto y abrir la nevera de tu propia ratonera, te empiezan a temblar las canillas y flaquear el esfínter.

Ese valor sobredimensionado no es espontáneo; se entrena en el día a día. Se entrena cuando, sin contrato y para hacer unas horas, agarras una vieja moto a las cuatro de la madrugada y te bajas desde el pueblo en el que vives (a 80kmts de la capital) a hacer un programa despertador en la radio, en invierno y en verano, lloviendo, granizando o helando, dejando en casa a la mujer y a los hijos rezando para que no pase nada. Se entrena cuando te subes a un escenario como monologuista en el circuito de tercera, haciendo bolos los fines de semana a 600 kilómetros de casa, en pueblos en los que nadie te conoce y en los que vas a “abrir plaza”, es decir, dispuesto a que los lugareños se midan a ver cuánto aguantan sin reírse y te midan el lomo si te pasas de gracioso. Se entrena cuando, cansado de que no se ofrezca nunca un contrato por ninguna parte, metes en un pincho tus grabaciones, dejas a la parienta y a los niños y te piras a México porque allí conoces a uno que tiene una radio y vas a ver si se olvida de que tienes cabreado a todo Sinaloa y te hace un hueco en su programación. Esféricos, como los de Cortés, palabra. Y se entrena cuando,año tras año, verano tras verano, viviendo en poco menos que una caravana, te traes a tu niña saharaui porque entiendes que, incluso en tus circunstancias, sale ganando con el veraneo.

Quienes hemos tenido que soportar diariamente la redacción de sus monólogos, utilizados como cobayas para probar el efecto de sus chistes (gags es más elegante), tenemos motivos, sin duda, para odiarle y, sin embargo (y porque conocemos al hombre Cake Minuesa), solo podemos honrarnos con su amistad. Cualquier éxito profesional y familiar de este madrileño criado en Alicante, es un poco éxito de todos.

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